El reloj corre inexorablemente hacia el proceso electoral de 2027, y en el Partido Acción Nacional los fantasmas del pasado parecen cobrar vida propia. A más de tres décadas de militancia y batallas políticas compartidas, voces al interior del blanquiazul advierten sobre un peligro latente: la soberbia y la tardanza en la definición de candidaturas pueden costar la gubernatura. El fantasma del 2009 acecha con fuerza en los cafés y reuniones políticas, recordando que una ventaja percibida como irreversible puede evaporarse en semanas cuando la narrativa la gana la oposición.
«El 27 acecha si no hacemos lo correcto… hoy no tenemos esa libertad ni la confianza al interior del PAN; a los panistas no se nos considera ni opinar ni decir, mucho menos elegir.»
Uno de los errores más señalados es la falta de agilidad política frente a un adversario que ya se mueve con agenda propia. Mientras Morena ha ungido con claridad a su cuadro principal —un perfil con amplias redes institucionales y electorales—, la dirigencia panista mantiene una postura de espera pasiva que cede los espacios de discusión pública. El centralismo en las decisiones y la pérdida de los métodos tradicionales de asamblea, donde la militancia levantaba la mano y participaba activamente, han mermado el tejido interno y generado incertidumbre entre los aspirantes.
Frente a este escenario, emergen propuestas de fórmulas equilibradas que buscan blindar el proyecto político estatal. Nombres con trayectoria en la administración pública y el servicio municipal se perfilan como piezas clave para mantener la cohesión de los distintos grupos internos y evitar fracturas irreparables. No obstante, la pregunta persiste: ¿tendrá la cúpula panista la generosidad y la visión estratégica para articular a sus mejores cuadros a tiempo, o el exceso de confianza abrirá la puerta a una contienda de pronóstico reservado en los tribunales?
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