Todos hemos escuchado el término “corcholatas”, sobre todo a partir del sexenio de Andrés Manuel López Obrador. Engloba el concepto de aquellos que aspiran a ser sucesores de la figura presidencial. Aspirantes que son destapados de manera prematura por el líder político para que compitan entre sí en la arena pública. Algunos sabrán que este mecanismo es relativamente nuevo ya que, durante el siglo XX, el sistema hegemónico priista perfeccionó el ritual del “dedazo”. El cual simplemente implicaba que el presidente en turno ungía al candidato del partido, quien seguramente iba a sucederlo.
En este mundo nuevo, donde la información viaja más rápido que la luz, un ritual así sería duramente reprobado y afectaría la imagen del oficialismo. Así que tuvo que perfeccionarse el rito virándolo hacia un proceso más largo para preservar la imagen democrática del país. México supera siempre a la ficción, prueba de ello es un sistema de corcholatas que perfecciona el proceso de sucesión oficialista. Uno que no ha sido replicado por otros países del mundo y que a continuación compararemos con otros coliseos políticos.
Para comprender por qué nacieron las corcholatas, debemos analizarlas desde la perspectiva de las dinámicas de poder tradicionales. El proceso funciona de manera similar a estructuras clásicas de control político. Ejemplo, un líder central fomenta una competencia supervisada entre sus elementos más fuertes. Al exponerlos al escrutinio público con anticipación, el líder evalúa quién posee la resistencia, la lealtad y la fuerza política necesarias para sucederlo. Asegurando al mismo tiempo que la estructura no se desintegre en el proceso. Si bien el líder no elige al sucesor propiamente, porque el resultado al final depende de la elección pública, si asienta las bases para que dicho candidato tenga buenas oportunidades para ser votado. Es un juego de equilibrio sutil entre la simulación de una apertura democrática y la preservación del control vertical para no perder el poder dentro de la cúpula.
Para iniciar las comparaciones, el primer punto de referencia obligado es Estados Unidos. Nuestro vecino del norte no tiene un esquema de corcholatas. El sistema se rige por un colegio electoral y un duelo llamado elecciones primarias, un mecanismo diseñado como una auténtica guerra civil interna dentro de los partidos. Los aspirantes se van desenmascarando a sí mismos. Una vez revelados, voluntariamente se someten a un proceso brutal, costoso y sumamente desgastante que dura meses. El proceso es el paso del tiempo mientras se sabe que buscan la presidencia del país. Se someten así a la crítica pública de manera casi canibalística. A diferencia de México, donde las corcholatas deben cuidar de no romper la armonía del movimiento ni desafiar la agenda presidencial, en el periodo de las primarias estadounidenses los candidatos de un mismo partido se despedazan públicamente en debates televisados. Por ejemplo, en 2023 habríamos vistos debates televisados entre Claudia Sheinbaum, Marcelo Ebrard, Adán Augusto López y Gerardo Fernandez Noroña. Despedazándose entre ellos. En EE. UU., el ganador no emerge del consenso de un líder o de una encuesta de lealtad, sino de la supervivencia en un coliseo donde el dinero (proveniente de donaciones privadas), el carisma mediático y los votos estatales del colegio electoral, dictan el resultado final.
Ahora, no todos los gobiernos son presidenciales. Los sistemas parlamentarios de corte anglosajón y asiático, como el Reino Unido o Japón, también tienen sus modos de revelar a aquellos perfiles que ostentan el suficiente liderazgo para competir por el puesto de máxima autoridad ejecutiva. Aunque distan mucho de ser el modelo corcholatero mexicano. Reino Unido y Japón ofrecen un modelo basado en el consenso faccional. En el archipiélago nipón, el Partido Liberal Democrático ha gobernado de forma casi ininterrumpida durante décadas. Los políticos japoneses no hacen campaña de masas ni buscan la simpatía del ciudadano común en las calles. Algo inconcebible en América Latina. En su lugar, juegan un ajedrez político en las sombras. Parecido al que jugaban los sho-gun en la era de los samuráis. La revelación del próximo líder nacional ocurre cuando las diferentes facciones o corrientes internas del partido negocian en los pasillos del Parlamento, o en un karaoke a las afueras de Tokio. Un proceso similar se vive entre los Conservadores y Laboristas británicos cuando un primer ministro comienza a dar poca confianza. Las verdaderas cartas fuertes de ambos partidos se mantienen en la penumbra hasta que aseguran el respaldo de los legisladores clave. En otras palabras, evitan la atención pública y de la prensa. Estamos hablando de una sucesión cupular, de acuerdos a puerta cerrada entre los callejones de la Abadía de Westminster, que prescinde del espectáculo mediático masivo del sistema mexicano.
Finalmente, mucho se habla de China, pero poco se conoce en Occidente sobre su modelo de gobierno. China desarrolló la antítesis absoluta del modelo corcholatero. En el sistema del Partido Comunista Chino, mostrar ambición política de manera prematura o individualista es un suicidio profesional. Es de mal gusto. No existen precampañas, ni declaraciones a la prensa, ni espectaculares en las carreteras. Jamás verán a un político chino haciendo un mitin masivo. La sucesión del líder se da en décadas y se gestiona bajo un hermetismo estoico dentro del seno del Comité Permanente del Buró Político. El destape chino ocurre en un solo instante casi litúrgico. Este es durante el Congreso Nacional del Partido, cuando los miembros del nuevo Comité Ejecutivo caminan en fila militar hacia el escenario frente a los medios internacionales. El orden estricto en el que caminan y la distancia respecto al secretario general del Partido, revelan al mundo quién ha sido elegido como el futuro heredero del poder. Es la institucionalidad del secreto y la proyección de una unidad monolítica inquebrantable cuyo proyecto de nación apunta a siglos, no sexenios.
En conclusión, el fenómeno de las corcholatas nos ilustra la singularidad de la cultura política mexicana actual. A mi juicio, una de las más complejas del mundo. Es un modelo híbrido, pues ha tomado la disciplina interna y la centralización del viejo régimen hegemónico priista del siglo XX, pero le ha inyectado las herramientas modernas de la mercadotecnia política, la movilización de masas y la validación mediante encuestas de popularidad. Mientras que el resto del mundo navega entre el caos abierto e impredecible de las primarias occidentales y la opacidad total de los regímenes orientales, México ha logrado convertir el siempre emocionante proceso de la sucesión de poder en una narrativa pública continua. En un cuento casi de fantasía. Un fenómeno de masas donde las reglas del juego se escriben día con día bajo la mirada atenta del poder central y de los ojos del público informado.
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