El Problema de Informar sin Saber Comunicar 

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Por: Héctor Miguel Gallardo Avendaño
Foto: Staff

Cada año, el espacio público se satura de un ejercicio tan recurrente como, a menudo, estéril: la presentación de informes de actividades y rendición de cuentas. Los escenarios se llenan de luces, las estrategias de difusión se desbordan y las plataformas digitales se inundan de publicaciones cargadas de cifras monumentales y balances impecables. Sin embargo, en medio de este despliegue mediático, persiste una falla estructural que erosiona la confianza pública y aleja a las instituciones de la ciudadanía.

Ese abismo radica en la incapacidad de comprender que enlistar obras, detallar presupuestos y repetir eslóganes institucionales no equivale a generar un proceso de comunicación efectivo. Informar es un acto puramente administrativo, una emisión de datos unidireccional que muchas veces funciona como un monólogo de justificación técnica. Comunicar, por el contrario, exige construir un puente, demanda empatía y requiere la voluntad absoluta de ser entendido por la sociedad, no solo aplaudido en eventos protocolarios.

La ciudadanía que enfrenta los desafíos diarios de movilidad, servicios, seguridad y desarrollo comunitario no procesa su entorno en términos de porcentajes abstractos o densas carpetas operativas. Cuando la rendición de cuentas se limita a un catálogo de logros desprovistos de impacto humano, el mensaje pierde toda resonancia. Presentar una cifra aislada sobre un programa público sin explicar cómo esa acción transforma la realidad cotidiana en las calles es un error de fondo. El exceso de tecnicismos construye muros, y la gestión pública suele caer en la trampa de creer que el volumen de la difusión puede sustituir la claridad del argumento cívico.

En este contexto, el concepto de transparencia sufre un desgaste verdaderamente severo. Se ha confundido el cumplimiento de una obligación formal con la verdadera apertura democrática. La transparencia real no consiste en saturar portales con documentos indescifrables para cumplir con un trámite burocrático. Radica en la claridad, la accesibilidad y, sobre todo, en la valentía de ejercer la autocrítica. Un informe que dibuja un panorama de perfección absoluta resulta inverosímil frente a la realidad social. La confianza colectiva se construye demostrando congruencia frente a los retos no superados; explicar qué metas no se alcanzaron, qué obstáculos surgieron y cómo se planea corregir el rumbo es un acto de madurez que genera mucha mayor credibilidad que la insistencia en un discurso infalible.

La sociedad contemporánea muestra un agotamiento evidente frente a la narrativa triunfalista tradicional y la autopromoción estéril. Las personas exigen que los informes de actividades dejen de ser un mero trámite de lucimiento para convertirse en espacios de diálogo constructivo y evaluación real. Los micrófonos, las frecuencias de radio y las plataformas digitales deben dejar de utilizarse como simples cajas de resonancia institucional para transformarse en verdaderos foros de escucha activa. El mensaje solo cobra vida cuando se sintoniza de manera genuina con las inquietudes ciudadanas. Informar sin comunicar es cumplir con un requisito administrativo sin transformar el entorno. La gobernanza que aspire a trascender y fortalecer el tejido social debe abandonar la frialdad del dato aislado y abrazar la responsabilidad del diálogo directo, entendiendo que el servicio público es, en su esencia más pura, una conversación permanente con la comunidad.