Por: Mariana Hernández
Foto: Edith Rodríguez
Cada año llega un momento que forma parte del calendario político: los informes de gobierno. Formalmente, el informe es para los ciudadanos. Es el momento en que un gobierno debe explicar qué hizo con la responsabilidad que recibió.
Pero en la práctica, también es un mensaje para los partidos, para los grupos de poder, para los posibles aliados y los adversarios. Y aunque no siempre se diga abiertamente, también puede ser utilizado para construir un futuro electoral.
Para un político, presentar un informe es una gran oportunidad para construir el relato de su trabajo: decide qué resultados destacar, qué cifras mostrar, qué obras presumir, qué problemas explicar y cuáles no, según convenga.
Un político tiene derecho —y también la responsabilidad— de comunicar sus resultados. El problema aparece cuando el informe deja de ser un ejercicio de rendición de cuentas y se convierte únicamente en un periodo de comunicación y promoción de imagen.
¿Aún recuerdan lo que prometieron? Las razones por las que las personas terminaron cruzando su nombre en la boleta electoral. Las necesidades que estaban sobre la mesa. Aquello que, en campaña, parecía urgente. ¿Se cumplió? ¿Cambió la prioridad?
Un gobierno no se evalúa solamente en porcentajes de avance, número de obras inauguradas o millones de pesos ejercidos. La evaluación ocurre en la vida cotidiana. Cuando el agua finalmente llega a tu colonia. Cuando una calle deja de tener baches. Cuando una persona puede regresar a casa sintiéndose segura. Cuando el transporte llega a tiempo, etc.
El ciudadano no necesariamente mide a un gobierno en porcentajes. Lo mide en lo que cambia —o no cambia— en su vida. Que es justamente lo que en campaña llegan prometiendo muchos de los candidatos, pero al llegar al poder, en la mayoría de los casos, las prioridades cambian.
Por eso, un informe verdaderamente útil debería permitir responder preguntas mucho más sencillas, pero también mucho más incómodas:
¿Qué se prometió?
¿Qué se hizo?
¿Cuánto costó?
¿Qué resultado produjo?
¿Y qué quedó pendiente?
Porque la rendición de cuentas siempre vendrá incompleta cuando solo se comparte una parte -la parte conveniente- de la información, cuándo no se permite el cuestionamiento y cuando solo eres convocado para llenar un asiento, sin realmente posibilidad de saber qué tanto está cambiando tu vida y la de tu familia el actuar del político y si te están brindando las herramientas para entenderlo, cuestionarlo y evaluarlo.
Esa, más que cualquier discurso, cifra o video, debería ser la verdadera medida de un informe de gobierno.


