El ‘destape’ en el Mundo

Por Mauricio Valentinoti*

Todos hemos escuchado el término “corcholatas”, sobre todo a partir del sexenio de Andrés Manuel López Obrador. Engloba el concepto de aquellos que aspiran a ser sucesores de la figura presidencial. Aspirantes que son destapados de manera prematura por el líder político para que compitan entre sí en la arena pública. Algunos sabrán que este mecanismo es relativamente nuevo ya que, durante el siglo XX, el sistema hegemónico priista perfeccionó el ritual del “dedazo”. El cual simplemente implicaba que el presidente en turno ungía al candidato del partido, quien seguramente iba a sucederlo. 

En este mundo nuevo, donde la información viaja más rápido que la luz, un ritual así sería duramente reprobado y afectaría la imagen del oficialismo. Así que tuvo que perfeccionarse el rito virándolo hacia un proceso más largo para preservar la imagen democrática del país. México supera siempre a la ficción, prueba de ello es un sistema de corcholatas que perfecciona el proceso de sucesión oficialista. Uno que no ha sido replicado por otros países del mundo y que a continuación compararemos con otros coliseos políticos.

Para comprender por qué nacieron las corcholatas, debemos analizarlas desde la perspectiva de las dinámicas de poder tradicionales. El proceso funciona de manera similar a estructuras clásicas de control político. Por ejemplo, un líder central fomenta una competencia supervisada entre sus elementos más fuertes. Al exponerlos al escrutinio público con anticipación, el líder evalúa quién posee la resistencia, la lealtad y la fuerza política necesarias para sucederlo. Asegurando al mismo tiempo que la estructura no se desintegre en el proceso. Si bien el líder no elige al sucesor propiamente, porque el resultado al final depende de la elección pública, si asienta las bases para que dicho candidato tenga buenas oportunidades para ser votado. Es un juego de equilibrio sutil entre la simulación de una apertura democrática y la preservación del control vertical para no perder el poder dentro de la cúpula.

Para iniciar las comparaciones, el primer punto de referencia obligado es Estados Unidos. Nuestro vecino del norte no tiene un esquema de corcholatas. El sistema se rige por un colegio electoral y un duelo llamado elecciones primarias, un mecanismo diseñado como una auténtica guerra civil interna dentro de los partidos. Los aspirantes se van desenmascarando a sí mismos. Una vez revelados, voluntariamente se someten a un proceso brutal, costoso y sumamente desgastante que dura meses. El proceso es el paso del tiempo mientras se sabe que buscan la presidencia del país. Se someten así a la crítica pública de manera casi canibalística. A diferencia de México, donde las corcholatas deben cuidar de no romper la armonía del movimiento ni desafiar la agenda presidencial, en el periodo de las primarias estadounidenses los candidatos de un mismo partido se despedazan públicamente en debates televisados. Por ejemplo, en 2023 habríamos vistos debates televisados entre Claudia Sheinbaum, Marcelo Ebrard, Adán Augusto López y Gerardo Fernandez Noroña. Despedazándose entre ellos. En EE. UU., el ganador no emerge del consenso de un líder o de una encuesta de lealtad, sino de la supervivencia en un coliseo donde el dinero (proveniente de donaciones privadas), el carisma mediático y los votos estatales del colegio electoral, dictan el resultado final.

Ahora, no todos los gobiernos son presidenciales. Los sistemas parlamentarios de corte anglosajón y asiático, como el Reino Unido o Japón, también tienen sus modos de revelar a aquellos perfiles que ostentan el suficiente liderazgo para competir por el puesto de máxima autoridad ejecutiva. Aunque distan mucho de ser el modelo corcholatero mexicano. Reino Unido y Japón ofrecen un modelo basado en el consenso faccional. En el archipiélago nipón, el Partido Liberal Democrático ha gobernado de forma casi ininterrumpida durante décadas. Los políticos japoneses no hacen campaña de masas ni buscan la simpatía del ciudadano común en las calles. Algo inconcebible en América Latina. En su lugar, juegan un ajedrez político en las sombras. Parecido al que jugaban los sho-gun en la era de los samuráis. 

*Mauricio Valentinoti Palacios es licenciado en Relaciones Internacionales por el ITESM-CQ, consejero editorial de Ciudad y Poder y co host en los podcast Calabozos y Dragones y Relaciones Intergalacticas.

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