El poder de la percepción en las próximas elecciones
Por Mariana Hernández Ortega*
Hubo un tiempo en que la política se construía en las plazas públicas, en los debates y en las campañas electorales. Hoy también se construye en una pantalla. Un video de treinta segundos puede tener más alcance que un discurso de una hora; una fotografía cuidadosamente producida puede generar más conversación que una iniciativa de ley, y una mala declaración frente a una cámara puede modificar, en cuestión de horas, la percepción sobre un aspirante.
La atención y la permanencia en la conversación se convirtieron en unos de los activos más disputados del espacio público y, con ello, también se reconfiguró la manera en que muchos actores buscan construir liderazgo.
En las redes sociales, los seguidores se confunden con “respaldo”, los “Me gusta” en evidencia de aceptación y el alcance en una aparente medida de influencia. Bajo esa lógica, en algunos casos, se ha privilegiado el crecimiento artificial -bots- y también han recurrido a una práctica que podríamos llamar pauta por inercia: promocionar absolutamente cada publicación, aun cuando el mensaje carezca de contenido o relevancia. La estrategia no busca necesariamente convencer, sino aparecer una y otra vez frente al ciudadano.
Pero el político no se mueve únicamente por métricas. Se mueve, sobre todo, por el poder de la percepción. Una encuesta favorable atrae reflectores; una fotografía con el personaje indicado alimenta especulaciones; una entrevista oportuna puede instalar un nombre en la conversación pública. La percepción no sustituye a la realidad, pero sí influye en la forma en que partidos, grupos políticos, medios de comunicación y ciudadanos interpretan el momento de un político.
Por eso, rumbo a las próximas elecciones, seguiremos viendo una competencia -que comenzó mucho antes del periodo formal de campañas- por mantenerse visible. No solo estará en juego quién presenta las mejores propuestas, sino quién consigue proyectar mayor competitividad, menor desgaste y una narrativa suficientemente sólida para mantenerse vigente en un escenario que cambia todos los días.
Ahora bien, las redes sociales no son el problema. El problema aparece cuando se privilegia la percepción digital en el servicio público. Los algoritmos promueven aquello que genera interacción inmediata; gobernar exige exactamente lo contrario: tiempo, decisiones difíciles y proyectos que sigan funcionado a largo plazo con resultados tangibles. Esa diferencia será cada vez más importante para los ciudadanos, porque en la política del «Me gusta», la perspectiva puede ser tan valiosa como la realidad.
Quizá el mayor desafío no sea para quienes aspiran a un cargo público, para eso cuentan con equipos de comunicación y estrategas. El verdadero reto es para los ciudadanos. En una época donde la conversación ocurre a la velocidad de un scroll, distinguir entre popularidad y desempeño se vuelve un ejercicio indispensable.
Lo que realmente debería preocuparnos y ocuparnos no es quién domina la conversación más tiempo, sino quién será capaz de sostener el liderazgo y tomar las decisiones de un estado que crece a gran velocidad. Porque las tendencias duran horas, los gobiernos duran años.
Mariana Hernández es Licenciada en Administración de Empresas, co-host en el podcast Ciudad y Poder y Editora en Jefe de la Revista Ciudad y Poder.
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