Por: Luis Gabriel Osejo
Foto: Especial
En un país que silencia, Laura grita. Su historia no es sólo de sobrevivencia: es un manual de resistencia para quienes creen en el periodismo como antídoto contra la impunidad.
En un México donde el periodismo es sinónimo de resistencia, la trayectoria de Laura —periodista política de 32 años— se teje entre la valentía de destapar corrupción y el costo brutal de desafiar al poder. Con siete años ejerciendo, sus investigaciones sobre desvíos de recursos, opacidad legislativa y abusos de autoridades la convirtieron en blanco de una maquinaria estatal diseñada para silenciar. Todo comenzó con una mención en la mañanera presidencial: un comentario despectivo del entonces presidente López Obrador sobre su trabajo fue la chispa que detonó una campaña de linchamiento digital orquestada desde las entrañas del gobierno. «Fue como si activaran un botón de destrucción masiva contra mi vida», relata. En cuentas afines al oficialismo inundaron sus redes con fotos de genitales, amenazas de violación y montajes que la vinculaban falsamente con empresarios y cárteles. Crearon páginas pornográficas con su nombre, difundieron su dirección personal y la acusaron de ser «mercenaria de la oligarquía».
«El mensaje era claro: ‘Nos atrevimos a desaparecer a los 43 de Ayotzinapa. Imagínate lo que podemos hacerte a ti’». La gota que derramó el vaso fue un video de YouTube de un comunicador oficialista donde la acusaban de «traición a la patria» mientras mostraba fotos de su hija de cinco años. «Ahí supe que el juego era sucio. No solo querían callarme: querían destruirme».
El impacto psicológico fue devastador. Laura desarrolló insomnio crónico, ataques de ansiedad al salir de casa y episodios de paranoia donde revisaba siete veces las cerraduras. La terapia se volvió su salvavidas, pero también un lujo: «¿Cómo pagar sesiones de $800 semanales con un salario de reportera?».
La estrategia de acoso siguió un guión perfecto: primero, desacreditar su trabajo desde la tribuna presidencial. Luego, satanizarla en programas afines al gobierno usando datos falsos. Después, movilizar ejércitos de bots para normalizar el odio. Finalmente, aislarla financieramente: medios donde colaboraba recibieron «recomendaciones» de retirar su columna. Laura sobrevivió gracias al periodismo freelance para plataformas extranjeras, pero cada artículo implicaba nuevos riesgos. «Si exponía nexos de funcionarios con el narcotráfico, al día siguiente amanecía con mensajes de cuentas anónimas diciendo: ‘Cuidamos a tus vecinos’».
Laura no es un caso aislado. Es espejo de un país donde 15 periodistas fueron asesinados en 2023 y decenas más viven bajo protección federal. Su historia expone la arquitectura del poder mexicano: un entramado que usa instituciones, medios afines y crimen organizado para acallar disidencias. «No soy heroína. Soy una mujer terca que cree que este oficio —por jodido que esté— puede evitar que el futuro de mi hija sea tan oscuro como nuestro presente». Mientras revise leyes en el Congreso, publique memes o grabe videos desde el anonimato, Laura seguirá recordándole al poder que incluso en la noche más larga, una linterna puede ser acto de rebelión.