EE.UU. Invadirá a México en este siglo

Los Estados Unidos de América harán una intervención armada en México en este siglo. Incluso, comienza a ser factible pensar que esta situación podría darse al final de esta década o a inicios de la siguiente.

Corría el comienzo de la segunda década del Siglo XXI cuando se publicó el famoso libro The Next 100 Years. Publicación donde la consultora, y thinktank,Stratfor advirtió que EE.UU. y México librarían una guerra significativamente peligrosa y decisiva para el tablero geopolítico. Dos países con un privilegiado acceso a dos océanos, al Atlántico y al Pacífico, disputarían la hegemonía sobre el hemisferio americano. Para consolidar el frente occidental frente a la progresiva e inminente formación de bloques subregionales en el continente euro-asiático-africano, auspiciados e influenciados por China, incluso por India próximamente. 

Este libro tuvo sus bemoles, sus aciertos y sus claras omisiones. No debió ser tomado por una predicción exacta de la situación futura del ámbito internacional. Sin embargo, sí debería ser considerado como un “molde” sobre el cuál se tendría que ajustar la “masa” de las relaciones internacionales. En otras palabras, dados los antecedentes de los siglos pasados, podemos vislumbrar un escenario de evidente confrontación de amplio espectro entre la hegemonía en declive (EE.UU.) y la hegemonía en ascenso (China), exacerbado por el contexto de un mundo multipolar donde tanto Rusia, India y ahora Irán tienen ganado el prestigio de ser potencias globales en el ámbito militar. Prestigio que ya se ha demostrado en el teatro de guerra contra Ucrania, Pakistán e Israel, respectivamente.

Ante tal lúgubre escenario, los EE.UU. no tienen más remedio que retirarse y reagruparse, previo a la “gran guerra”. Término acuñado por el mismísimo Presidente Donald Trump, refiriéndose a la futura confrontación entre China y EE.UU. Una guerra sobre la cual él sugirió en ese entonces a los reporteros entrevistándolo, que “ellos ya sabían” de qué estaba hablando. Cuando un país debe reagruparse de esta forma, buscará atrincherarse, pertrecharse y volverse más fuerte y resistente para estar lo mejor preparado posible para una guerra de desgaste. Una que consume recursos a toneladas por segundo. Ejemplo perfecto es la guerra de dos meses contra Irán. La guerra más cara en la historia de los EE.UU. si observamos el costo por día. Un total de 79 billones de dólares gastados en dos meses. Con un presupuesto esperado de 1.5 TRILLONES de dólares para el siguiente año. Imagínense ustedes las razones por las cuales la nueva Secretaría de Guerra solicitó esta descomunal cantidad al Congreso estadounidense para su presupuesto.

Antes de que me llamen conspiranoico, les recuerdo que Donald Trump en 2019 y 2020 tuvo varias reuniones en el cuarto de crisis de la Casa Blanca donde se trató a fondo las posibles soluciones para las amenazas a la seguridad nacional del país. Entre ellos la migración desmedida, la crisis de adicción a opioides sintéticos como el fentanilo y la violencia relacionada a las drogas en EE.UU. y más allá. En una de esas juntas, el almirante Brett Giroir, quien también fungía como asistente al Secretario de Salud Publica federal, sugirió al Presidente Trump optar por una intervención armada contra México para cortar el problema de raíz. Cosa que le encantó escuchar a Trump, pues un enemigo exógeno siempre es efectivo para enaltecer el espíritu nacionalista y, por ende, para ayudar a la popularidad del polarizante movimiento de Make America Great Again. De no ser por la victoria de Joe Biden, quien no es santo de mi devoción también, tal vez habrían concretado el plan.

Ahora en esta segunda presidencia de Donald Trump, se enfrenta a un escenario geopolítico y un reto político a nivel doméstico mucho más difícil. Por ello, tienen que pisar el acelerador en concretar sus objetivos principales y originales para favorecer la percepción de eficiencia de su movimiento y así deleitar a sus bases más radicales y nacionalistas. Y por ello, han estado pisando el acelerador para maquinar la futura y casi segura intervención en México.

Ahora, México no es Iraq, ni Afganistán, ni Irán. México es el único país del mundo que ha invadido a EE.UU. continental. Compartimos una frontera terrestre enorme y una cultura mega diversa. México tiene aproximadamente 40 millones de habitantes viviendo en EE.UU. que son fervientes católicos, guadalupanos, hispanoparlantes y latinos. Hay miles de empleos, empresas y billones de dólares que quedarían paralizados en ambos lados de la frontera si ambos países se enfrentaran. Invadir México suena a que puede ser un disparo en el pie para los EE.UU. 

Sin embargo, en los dos siglos y fracción que ambos países llevan de ser independientes, se han enfrentado en varias ocasiones, en el escenario de tres intervenciones-guerras. Una de ellas le costó a México la mitad de su territorio. Pensar en otra intervención no sería algo nuevo para México. Aunque sin duda no es un movimiento sencillo para el gobierno estadounidense. Pues tienen que “cocinar” la narrativa del conflicto y preparar la logística de la intervención, todo escondido a plena vista. A continuación describo que han escondido a plena vista.

Desde el año pasado comenzaron las redadas violentas de ICE contra latinos, para debilitar y desmoralizar a los hispanoparlantes del país. Construyeron centros de cremación cerca de bases militares y de centros de detención de ICE, hornos que no se usan hoy pero pueden ser usados mañana. Comenzaron con la lectura pública de la Biblia cristiana auspiciada en eventos oficiales del gobierno federal, para opacar la óptica católica sobre el dogma judeo cristiano y así exiliar a los creyentes guadalupanos de ser expuestos y evitar que su voz se amplifique a otros buscadores de espiritualidad. 

Ajustaron los límites electorales de varios condados en el sur del país para incidir en la efectividad del voto latino. Aprobaron la presencia de ICE en las casillas para las elecciones del 3 de noviembre de 2026, para desalentar la presencia de latinos. Hablaron cientos de veces desde la Casa Blanca sobre el peligro de la migración mexicana y latina al país. Realizaron vuelos de reconocimiento sobre territorio mexicano a inicios de 2026, sin que realmente supiera el gobierno de México, cosa que por supuesto intentaron desmentir desde Palacio Nacional, para ayudar en el diseño de la estrategia de intervención. 

Establecieron un dominio marítimo en el Golfo de Mexico (el cual renombraron a Golfo de América), en el Caribe y en el Pacífico; a escasas millas náuticas del territorio mexicano, EE.UU. bombardea a diestra y siniestra las embarcaciones que considera que son de narcotraficantes. A éstos últimos los clasificaron oficialmente como “organizaciones terroristas”. En la nueva estrategia de Seguridad Nacional de los EE.UU., publicada el 5 de mayo como claro mensaje político contra México, crearon el marco legal para que EE.UU. pueda decidir unilateralmente atacar a cualquier país con tal de combatir el terrorismo y a los carteles de la droga. 

Osea, sin consultar al gobierno extranjero donde dichos carteles se alojen. Movilizaron miles de soldados y equipamiento militar a la frontera sur bajo pretexto de “resguardar la frontera”. La CIA realiza operaciones en el norte del país donde seguramente tienen control de cámaras de video en la mayoría de nuestras ciudades fronterizas, claro ejemplo el caso por el que se la quiere acusar a la gobernadora de Chihuahua Maru Campos. Al mismo tiempo, señalan y realizan acusaciones de políticos cercanos al oficialismo, el caso del gobernador en licencia de Sinaloa Rubén Rocha Moya y su gabinete, por nexos con carteles de la droga, que en el lenguaje e imaginario colectivo estadounidense, es lo mismo a tener nexos con organizaciones terroristas que amenazan la seguridad nacional de los EE.UU. 

Sean ciertas o no estas acusaciones, sabemos que en México tristemente estamos coludidos hasta los dientes desde hace 6 sexenios por ramas del crimen organizado dentro del gobierno y la industria privada, y es el mismo caso para las agencias de seguridad de los EE.UU., al menos por lo comentado en el juicio a Joaquin “el Chapo” Guzmán, donde señalaron sus sobornos a autoridades federales norteamericanas.

Al final, saben que México es un país sumamente difícil de dominar y no pueden intervenir así como así. Se han dedicado a fabricar la narrativa y a preparar la logística de la intervención casi sin que el gobierno mexicano se diera cuenta. Porque saben que México tiene una clara debilidad que pocos países en el mundo tienen. Tenemos mexicanos que son “anti-mexicanos”. Tenemos mexicanofobos dentro de nuestro territorio. Tenemos políticos dentro de todos los partidos de oposición que han solicitado expresamente al gobierno de EE.UU. su intervención en nuestro país. Tenemos políticos en el partido oficialista que pecan de tibieza ante tales agravios a nuestra soberanía nacional, en discurso y en forma. 

Que prefieren aceptar sin protesta a un exdirectivo de la CIA como embajador de EE.UU. o que normalicen que la Presidenta Sheinbaum lleve la política exterior en sus mañaneras. Tenemos también una sociedad donde se ha fomentado, desde la incursión de Hollywood y el extinto TLCAN, el modus vivendi y la idiosincrasia estadounidense como un pináculo civilizatorio. En otras palabras, nunca falta el mexicano que se siente mejor sintiéndose “gringo”. Porque compra en tal cadena, escucha tales canciones, consume tales productos o tiene como ídolos a empresarios y políticos estadounidenses, vivos y muertos, a veces sin saber que varios de ellos han sido sumamente racistas y antimexicanos. La batalla cultural que se libra, entre la cultura estadounidense y la cultura mexicana, es amplia y reñida en ambos territorios.

Nuestros gobiernos no han tenido la prudencia de anticiparse a la próxima intervención de EE.UU. en México. Han habido destellos de lucidez sobre este tema de nuestros mandatarios. Como cuando Felipe Calderon mencionó en una comida en el marco de la cumbre de CELAC que “México puede contra todos”. O cuando Enrique Peña Nieto salió en televisión nacional a pedirle a Donald Trump que “respetara a los mexicanos”. O cuando Andrés Manuel López Obrador dijo que México “no es colonia ni protectorado de nadie” ante miles de mexicanos. O cuando Claudia Sheinbaum, recientemente, dijo que “ningún gobierno extranjero le arrebatará al pueblo de México su cuarta transformación”. 

Pero han sido solo eso, destellos. Palabras que quedan registradas como testimonios de que sabían lo que podía llegar pero no se prepararon correctamente para ello. Y cuando se comiencen a ver en el cielo los destellos de los misiles Trident surcar el horizonte en Sinaloa, Guerrero, Michoacan, Colima, Oaxaca, Tamaulipas, Chihuahua, Veracruz, Nuevo León, Guanajuato y/o Chiapas, tal vez será demasiado tarde para evitar la apropiación de más territorio mexicano, o la implantación de un gobierno títere pro-estadounidense que extraiga nuestros recursos nacionales para regalarlos y así sostener la decadente economía de EE.UU. y su futuro, pero inminente, esfuerzo de guerra contra China.

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